Cuando dormir se antoja con pereza, como un parón que te separa del mundo y casi te vacía. Un confort deseable pero odioso por romper tu ambiciones en fragmentos de 16h. Mi cuerpo me pide dormir. Y lo haré. Porque cuando le escucho, aprendo de mi y me respeto. Y luego mi mente y mi espíritu me lo agradecen por haber podido descansar ellas también.
Pero ahora están ilusionadas, no quieren dejar que se acabe el día. Quieren conquistar también mi noche. Pero mi noche hoy no es mía. Es de la luna deprimida que desaparece día a día. Es cierto que desaparece para volver a resurgir con un brillo sanador y energizante. Pero ahora no. Ahora desaparece y debo hacer como ella. Descansar.
El tiempo no se detiene, no es manejable. Uno es capaz de enamorarse del tiempo, disfrutando sus segundos, días y años. Te dejas mecer por él y lo valoras. Lo escuchas y lo sientes.
Da gusto leer como te aferras a la vida, viviendo cada instante, cada momento, cada segundo...
ResponderEliminarEs una entrada llena de energía positiva, que desde luego me has contagiado: gracias :)